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El mundo quizá no es más que un conjunto de poliedros irregulares cuyas caras son extrañas y cambiantes... Veamos hasta donde y hasta cuando rueda este poliedro antes de desvanecer sus aristas y perder la planaridad de sus caras, antes de volverse una esfera... a quién alguien en el camino le diga que su destino, era rodar y rodar.

noviembre 03, 2017

La ladrona de libros

Los ingleses tienen la fama de ser delgados y correctos. Los alemanes de ser perfectos y estrictos, los suizos limpios, los italianos de ser fiesteros y comer bien, por mencionar algunos ejemplos. Al resto del mundo le parece que Europa es algo así como un paraíso, con sus bellas ciudades, su cultura y su excelente calidad de vida. A veces la gente olvida que hubo dos guerras, conocidas como mundiales, en las que mucho de la peor parte se la llevó Europa, por supuesto.

Conversando una vez con una amiga escocesa le pregunté ¿por qué los ingleses eran tan delgados? En ese entonces mi amiga tenía unos 70 años, muy delgada, y era sólo una niña cuando vivió la Segunda Guerra Mundial. Me respondió que eran así porque no tenían que comer.

Por aquel tiempo, los anuncios de un libro “The book thief” estaban pegados por todo Londres pero sólo hace un tiempo pude leerlo (después de ver la película) y me gustó tanto que decidí escribir un poco sobre él.


“La ladrona de libros” es la historia de Liesel Meminger, una niña alemana de 10 años, narrada por la muerte. Cuando se habla de la Segunda Guerra Mundial, es común conocer las tristes historias de los judíos. Existe mucha literatura al respecto y la verdad que leyéndola se sufre mucho aunque espero que se aprenda para que el mundo no repita episodios similares con nadie más.

Sin embargo, esta historia trata sobre el bando contrario, sobre los alemanes no judíos. Es una historia sobre la vida, durante la guerra, de un barrio alemán y sus habitantes que son pobres. Durante el relato, Liesel pierde a su familia: su hermano que muere desde el principio y su madre que la deja con sus padres de acogida. En el pueblito de Himmelstrasse conoce seres que marcan su vida: su papá Hans con su acordeón, su mamá Rosa y las palizas que le da, su mejor amigo Rudy que admira al corredor negro Jesse Owens, una vecina que escupe a su puerta, la dueña de la tienda y admiradora de Hitler, y Max, el judío que esconden en el sótano durante un tiempo. En la Alemania nazi se queman los libros pero ella los roba, del cementerio, de la hoguera y de la biblioteca de una mujer rica pero triste. El refugio de su vida, con hambre, guerra y pobreza, son las palabras.


A lo largo del libro, la muerte habla de todo porque todo lo ve. Ve las caras de la gente que muere no importando si son niños o adultos, si esperaban morir o si el final los sorprendió de repente. Y es esto lo que hace de esta historia algo mágico que te va introduciendo al pueblo con sus expresiones en alemán y su vida rutinaria que se parece a la vida de otros pueblos en otros países.

Vivir en el país en el que naces es, ¿cómo decirlo?, no se encuentran diferencias o particularidades de lo que vives. Simplemente te acostumbras. Naces en un lugar y convives con la gente, vas al mercado o al cine, o paseas por el parque como siempre. Comes en el restaurante de la esquina y te acostumbras al olor de los tacos o del pan. Pero cuando por alguna razón te tienes que ir a vivir a otro país, empiezas a notar las diferencias. La gente te parece ajena, las cosas no las conoces, las tiendas no las encuentras. La vida es como de otros, no es la tuya. Al menos así pasa al principio.

Pero conforme transcurre el tiempo, los rostros de la gente se vuelven familiares y agradables. Sueles comprar en la tienda de la esquina y escoges tus frutas y verduras con la marchanta inglesa o iraní o china; marchantas, como le llamamos en México a las vendedoras de las recauderías y los mercados.


Por supuesto que no necesariamente tienes la oportunidad de vivir en otro lugar y mucho menos en lugares lejanos a tu país. Así pues cuando te encuentras con un libro que relata una historia que te permite viajar en tiempo y espacio, y de entender y de sentir lo que otros pudieron vivir, es algo muy valioso. La película es muy buena y si te gusta cuando la veas, entonces no te pierdas leer el libro.

Hay un cierto slogan comercial que dice “lee 20 minutos al día”. Pero en este libro, una vez que lo tomas, no lo dejas. A veces lees un par de páginas, otras no puedes detenerte hasta leer el capítulo completo y al llegar al final, éste transcurre como en cámara lenta y te parece ver todo lo que en él se narra.

De verdad, un libro muy bueno que me recomendó mi sobrina cuando lo leyó a los 12 años y quien devoró las 500 páginas en menos de un mes. Por cierto, yo también.

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